Buscar
  • Eduardo Farías Ascencio

El Exilio del libro chileno: un caso de Quimantú


Este año se cumplen 50 años desde que apareciera Quimantú, la editorial estatal del gobierno socialista de Salvador Allende. Me es imposible quedar ajeno, como investigador editorial, a esta conmemoración; por ello, quisiera en este artículo hablar, aunque quizá sea una ficción que solo existe en mi cabeza, del exilio del libro chileno a través de un caso específico: Quimantú. Pareciera que cuando se piensa en el concepto de exilio, se comprende que solo afecta a las personas y no a objetos. El exilio en el que estoy pensando es el político, producido cuando en tu país eres el enemigo interno para el aparato estatal, afectando tu condición ciudadana; múltiples son los relatos a disposición de exiliados políticos de la dictadura chilena. Sin embargo, el enemigo interno para la dictadura no solo estaba representada por personas, sino que también por objetos, incluido el libro, incluida Quimantú. Hay evidencia fotográfica sobre la quema de libros en dictadura.

Al Quimantú ser una enemiga de la dictadura, no solo sus trabajadores eran objeto de persecución, también los libros lo eran, como sabemos. Así, el libro era tan peligroso como una persona, lo que los une es la palabra, la idea, ¡y sabemos lo peligrosa que puede resultar una idea! Desde mi perspectiva, es posible sostener que el exilio no solo afectó a personas, sino que también a proyectos editoriales y a libros. Llevar un libro de Quimantú escondido en la maleta de una persona que va rumbo al exilio es un acto en el que no solo se exilia un enemigo, sino que también se salva otro: un libro. Es lo que vino a mi mente cuando encontré una edición de Quimantú en una librería de libro usado, una librería de paso diría un chilango, de lo cual les quiero hablar.

A propósito de dos estadías en México, específicamente en Ciudad de México, comencé una investigación personal sobre la presencia del libro chileno en la capital mexicana, obsesionado principalmente con la búsqueda de ejemplares de Editorial Zig-Zag, Ercilla, Nascimento y, sobre todo, Casa de Chile en México. La investigación surge en una de las visitas a una librería en calle Donceles, calle en pleno centro histórico de la Ciudad de México que reúne varias librerías de libros usados. En una de las librerías compré un libro de métrica española. Para mi sorpresa, la edición era chilena, quien se da cuenta de esto es mi pareja Constanza, ella me indica que es un Nascimento. Frente a ese ejemplar comencé a idear una breve investigación personal, la que se desarrolla en dos periodos de visita a México. A partir del encuentro fortuito como comprador de libros usados con un libro chileno en el extranjero, se configuró una investigación acerca de la presencia del libro chileno en Ciudad de México.

En el final primer periodo comencé a esbozar el corpus de librerías de libros usados, de libros paso como le llaman los mexicanos de Ciudad de México, los chilangos, que visitaría en el segundo periodo. Originalmente, el circuito elegido estaba concentrado por la calle Donceles y la avenida Miguel Ángel de Quevedo. Debido a la magnitud de Ciudad de México, resulta imposible conocer todas las librerías de paso que están repartidas por la capital mexicana, y porque no hay bolsillo de turista no cuico que aguante. Por ello, elegí un circuito de librerías típicas. En el segundo periodo, debido a las circunstancias en las que fue realizada la investigación, estallido social, y gracias a los aportes de Constanza, me pareció pertinente incluir otros espacios; así, añadí el circuito de librerías de libros usados que colinda con Ciudad Universitaria hacia la estación de metro Copilco, la librería Teorema, el Centro Cultural El Juglar, la Librería Jorge Cuesta y la librería La Niña Oscura. Pues bien, como la intención no es hablar de todas las librerías y de todos los libros encontrados, solo me centraré en la última librería: La Niña Oscura, librería en la que hallé el libro de Quimantú.

En términos generales, el circuito de librerías de libros usados en Ciudad de México es un paraíso, literalmente un paraíso para quienes profesan su amor por el libro. Cada librería reúne un intimidante y numeroso catálogo, variado y ordenado temáticamente, lo que es obligatorio debido a la cantidad de libros reunidos. De hecho, impresiona contemplar tal magnitud de libros ordenados en estanterías que ocupan toda la pared y en torres de libros por los pasillos. Así, buscar ediciones chilenas es literalmente encontrar una aguja en un pajar. Es por ello que el orden temático en estas librerías es fundamental. En cada estante se va especificando el contenido.

La bibliodiversidad que exhiben todas estas librerías va desde las ciencias sociales y las humanidades hasta las ciencias, desde el arte hasta libros técnicos de contabilidad, desde el libro infantil hasta la colección de ediciones Aguilar, desde libros de cocina hasta libros de turismo, desde enciclopedias hasta diccionarios, desde libros en otros idiomas hasta manuales de derecho. Es satisfactorio que la bibliodiversidad que se puede encontrar mirando los temas de cada pasillo, de cada estante, da cuenta del respeto a la diversidad humana y sus conocimientos.

Metodológicamente, opté por centrar mi búsqueda en ciertas secciones: primero, en la sección de literatura hispanoamericana (privilegiando la narrativa por sobre la poesía y la dramaturgia) y, en segundo lugar, en la de Chile. Aunque cueste creerlo, no todas las librerías, pero sí varias tenían en su catálogo un lugar para Chile, así como también para otros países latinoamericanos. Elegir estas dos secciones me permitió no solo reducir el rango de búsqueda, sino que también enfocar los esfuerzos frente a la búsqueda ante miles y miles de libros.

Cuando surgió la idea de investigar la presencia del libro chileno en tierras mexicanas, presentí, como hipótesis, que los casos que encontraría estarían circunscritos a tres momentos históricos en la historia del libro en Chile: auge internacional de la industria editorial de los años treinta hasta los cincuenta del siglo XX, la edición chilena en el exilio debido a la dictadura militar y la edición independiente actual. Nunca pensé que podría encontrar en Ciudad de México un libro publicado por Quimantú, pues hasta 1973 no tenían una distribución exportadora. Su presencia es difícil de explicar.

La Librería La Niña Oscura se encuentra en la calle Salvador Díaz Mirón 142, colonia Santa María la Ribera, en el interior de una casona misteriosa, en la cual para entrar hay que tocar un timbre. No hay letrero evidente en el exterior ni menos una numeración explícita; por tanto, llegar a ella no es tan sencillo. Ya en su interior y dispuesto para la búsqueda, pregunté de inmediato por la sección de narrativa y la sección latinoamericana. Recorriendo la sección de narrativa encontré, dentro de otros hallazgos, la novela Martín Rivas, de Alberto Blest Gana, publicada por Quimantú en 1973, como se específica en la página legal.

Como sabemos, Quimantú fue la editorial estatal creada en el gobierno de Salvador Allende, convirtiéndose en un hito en la historia editorial chilena por diversos motivos. La historia de Quimantú no es una incógnita para nuestra memoria, ya que se ha escrito sobre ella: se encuentra lo aportado por Bernardo Subercaseaux en su Historia del Libro en Chile, también contamos con un relato directo en el libro Un sueño llamado Quimantú, de Hilda López. Hace poco tiempo, Grafito Ediciones publicó el libro Quimantú: prácticas, política y memoria, de Marisol Facuse, María Isabel Molina e Isabel Yáñez. Lo que diga sobre la historia de Quimantú proviene de estas fuentes y de ejemplares de la editorial.

Quimantú fue parte de la política cultural y educacional del gobierno de Salvador Allende, quien concebía el desarrollo cultural, espiritual y material del pueblo. Para ello, el Estado debía contar con la infraestructura mínima para desarrollar la política cultural del gobierno, la democratización cultural. En lo visual, el Estado poseía Canal 7 y Chilefilms. Solo faltaba que el Estado abarcara la palabra impresa y el ámbito editorial. La cultura impresa era fundamental para la educación del pueblo, para ello contar con la infraestructura de una imprenta y de una editorial que permitiera que se aumentaran los tirajes y que se abarataran los costos para que realmente las personas pudiesen acceder al producto cultural libro. La editorial estatal mexicana Fondo de Cultura Económica era un modelo a considerar.

Quimantú no nace en 1971, su idea, su origen es una idea que Salvador Allende ya tenía en mente en 1967 cuando era diputado. En el devenir de su gobierno, los trabajadores de la editorial Zig-Zag entran en huelga a finales de 1970, huelga ligada a la mala situación financiera de la editorial. En la historia editorial chilena Zig-Zag es una de las empresas más importantes, sus dueños eran Agustín Edwards Mac-Clure y Gustavo Helfmann; por tanto, pertenecía a la burguesía industrial de la época. Junto con su fondo editorial, el taller de imprenta de esta editorial era de primer nivel, taller que se encontraba en Bellavista 0153.

La huelga de 1970 se basa en el rechazo de pliego de remuneraciones por parte de la editorial, la que estaba en un contexto de una profunda deuda, con bodegas sin stock, con créditos cerrados en los bancos y con sueldos de los trabajadores sin respaldo. La huelga acelera la intervención del Estado y en ese proceso Zig-Zag promueve la venta de sus activos al gobierno. Venta que se concreta el 12 de febrero de 1971, iniciando el mito de la Editora Nacional Quimantú, un bello amanecer para los libros en Chile. Por medio de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), se compra la maquinaria, el edificio y algunas marcas de revistas de Zig-Zag. Además, cerca de 900 trabajadores se incorporan a Quimantú, trabajadores que aumentan a cerca de 3 mil.

Económicamente, Quimantú era una empresa estatal; sin embargo, debía autofinanciarse desde el principio. Para ello, Sergio Maurin se convierte en la cabeza, como gerente general, de Quimantú, pues ya había sido el interventor del gobierno, conocía la realidad de la empresa y tenía los conocimientos como economista para sacar adelante la editorial. Sin embargo, la estructura organizacional se modifica desde lógicas verticales a lógicas horizontales. Así, la teoría de una sociedad se experimentaba en la práctica de organización laboral, lo que permitió el éxito de Quimantú, el compromiso de los trabajadores logró que la editorial estatal fuese lo que fue.

Quimantú no fue la primera editorial estatal, por supuesto. Es importante destacar que ocupa un lugar importante en el desarrollo de la edición estatal, la que se inicia con la Imprenta de Gobierno, la misma que publica la Aurora de Chile. De hecho, debido a la existencia de nombres anteriores como Imprenta del Estado, Imprenta del Gobierno, provocó que el nombre fuese un tema importante. Salvador Allende pensaba en el nombre de Gran Editorial de Estado. Sí, pésimo nombre, ¿no? En una siguiente declaración se propondría el nombre de Camilo Henríquez. En esa diatriba, Luz María Hurtado da con las palabras mapuches “kim” y antú”, las que juntas significaban “sol del saber”.

Quimantú en muy poco tiempo desarrolló un catálogo editorial y una programación de publicación que resulta increíble. Así, el departamento editorial de Quimantú desarrolla las colecciones “Quimantú para Todos”, “Cordillera”, “Minilibros”, “Cuncuna” y “Pintamonos”, el departamento de ediciones especiales se dedica a sostener las colecciones “Nosotros los chilenos”, “Camino abierto”, “Clásicos del pensamiento social”, “Cuadernos de educación popular”, “Figuras de América”. Además, Quimantú publica las revistas La firme, Ahora, Paloma, Mayoría, Estadio, Onda, La quinta rueda, Cabrochico, Saber para todos. En este paso de Zig-Zag a Quimantú, la editorial estatal compró los derechos de reproducción de publicaciones que había contratado Zig-Zag, las que tomaron otro nombre en la mayoría de los casos.

Esta diversidad editorial de Quimantú se sustentó en un taller de imprenta de primer nivel con trabajadores calificados, taller que permitió bajar costos y aumentar los tirajes a números que nunca más se han visto en la industria editorial en Chile. Veamos algunos números a partir de la información disponible y de lo que se declara en las mismas ediciones de Quimantú: la editorial alcanza el millón de ejemplares vendidos en menos de un año. En la hoja legal o en el colofón de las ediciones de Quimantú es posible rastrear la cantidad de ejemplares por título. Por ejemplo, Martín Rivas, publicada en 1973, tuvo un tiraje de 30 mil ejemplares. La segunda reimpresión de Eloy, de Carlos Droguett, publicada en julio de 1972 tuvo un tiraje de 20 mil ejemplares. Apuntes de un lugareño, de J. Rubén Romero, publicada en 1972 tuvo un tiraje de 30 mil ejemplares. La dama del perrito y otros relatos, de Anton Chejov, publicada en 1972 con un tiraje de 50 mil ejemplares, lo que es impresionante. La primera edición de La viuda del conventillo, de Alberto Romero, se publicó en 1971 y tuvo un tiraje de 5 mil ejemplares; la segunda edición tuvo un tiraje también de 30 mil ejemplares; lo que demuestra una significativa diferencia, planteando algunas preguntas.

Además, mediante el exceso de ejemplares, se podía bajar el precio de venta al público, preocupación evidente en la política editorial de Quimantú: que los libros estén al alcance de todos los chilenos. De hecho, la colección “Minilibros” nace con ese espíritu, así el 22 de agosto de 1972 se publica el primer título, Subterra, de Baldomero Lillo, a 8 escudos. Se publicitaba con el dato de que el precio de venta del minilibro equivalía al precio de una cajetilla de fumar. Esta política se unía a otras políticas para llegar a los lectores, dentro de ellas se recuerda el uso de quioscos como puntos de venta de los libros y revistas de la editorial. Esta colección también tuvo tirajes increíbles, veamos algunos casos: Bartleby, de Herman Melville, se publicó en 1973 con un tiraje de 80 mil ejemplares. Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, se publicó en 1972 con un tiraje de 80 mil ejemplares. Así, esta colección se define no solo por su tamaño de bolsillo, sino que también por su tiraje.

Volviendo al caso de Martín Rivas, la copia que había encontrado en Ciudad de México la podía comparar con otro ejemplar de la misma edición que había adquirido tiempo antes en Green Libros. La copia mexicana solo posee las marcas realizadas por la librería, lo que incluye la temática (literatura hispanoamericana) y el precio (70 pesos mexicanos). Esta novela de Alberto Blest Gana se enmarca en la colección Quimantú para Todos y su edición fue proyectada por Nato. La cubierta contiene una fotografía de Rene Combeau, sobre la cual está el nombre del autor centrado, igual que el título que se encuentra en la parte inferior. Destaca demasiado la tipografía de fantasía utilizada en la cubierta. La tipografía para el texto continuo es una romana sin contraste moderno, en ella llama la atención la letra f minúscula y mayúscula.

Lamentablemente, reconstituir el recorrido del libro es imposible, ya que las librerías de libros usados no se preocupan de quién les entrega el libro. Por ello, surgen más preguntas que certezas: ¿habrá llegado esta edición de Martín Rivas a tierras mexicas con algún exiliado o exiliada?, ¿habrá llegado con algún funcionario de la embajada o consulado chileno en México?, ¿habrá llegado antes del golpe de Estado con algún turista?, ¿su llegada habrá estado relacionada con estudios universitarios de literatura latinoamericana?, ¿habrá sido un libro de avanzada en este proceso de distribución internacional que Quimantú tenía en sus planes en 1973?, ¿con quién llegó este libro a tierras mexicanas? Pese a que no pueda ofrecer respuestas; sin embargo, puedo afirmar al menos que este libro publicado por Quimantú se salvó del fuego inquisidor de la dictadura, y yo agradezco haberme topado con él tan lejos, en un territorio tan vinculado con Chile como lo es México. ¡Viva Quimantú en nuestra memoria y en nuestras bibliotecas!


60 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo